La sociedad en que vivimos nos impulsa a comer cada vez más y a movernos menos. Está demostrado que cada día nuestro cerebro recibe cientos de inputs relacionados con la alimentación que muchas veces son difíciles de manejar. Es muy curioso como el solo hecho de ver, oler o pensar en comidas o bebidas apetitosas nos puede llevar a consumirlas. Y eso afecta a nuestra dieta.
Existen dos tipos de hambre, el fisiológico y por placer. El primero es la necesidad de comer después de mucho tiempo de no hacerlo (por supervivencia) mientras que el segundo es por el propio placer que determinados alimentos pueden llegar a proporcionar (lo que se conoce como la gratificación emocional o hambre emocional). En cualquier caso, no hay que confundirlos: el hambre emocional o por placer puede llegar a engañarnos haciéndonos creer que realmente necesitamos comer aquello, es más, las señales que nuestro cuerpo nos envía para que nos pongamos a comer pueden ser casi idénticas a las del hambre real. Leer más







